pues de aquellos acontecimientos; mas ni el odio ni la amistad han logrado nunca turbar el curso de mi pluma. He de ser con todos igualmente duro.
Hallábame la noche del 19 en los salones de la casa de Sevillano, cuando tuve por primera vez noticia de que algunos demócratas dirigían el movimiento del cuartel del Sud independientemente de la Junta. Convencido de que la revolucion habia de presentar allí por este hecho un carácter mas firme y decidido, me apersoné con uno de ellos la madrugada del 20. Se me manifestó en abierta oposicion con la junta de Sevillano; mas oí, lo digo francamente, con sorpresa, que no era hija aquella oposicion de divergencia de ideas, sino de una mera cuestion de orgullo. Aquel mismo dia entró la persona á que aludo con sus compañeros en el comité del Norte.
¿Qué no hubieran podido hacer en aquellos momentos de efervescencia esos demócratas?... Vista su anterior oposicion, los individuos de la junta de Sevillano que no pertenecían al ejército habian acordado ya por unanimidad renunciar su cargo; los demócratas hubieran podido, cuando menos, entrar en la Junta imponiendo condiciones, dando color y movimiento á lo que ni movimiento ni color tenia. El cuartel del Sur se presentaba á la sazon temible; ¿qué no hubieran podido conseguir, repito, si hubiesen sabido revestirse de una dignidad proporcionada á la importancia de sus representados? Fueron, sin embargo, completamente absorbidos por los que poco antes les temian.
Alegarán la necesidad de la union, la grave responsabilidad que iba á pesar sobre ellos en el caso de atreverse á provocar nuevos conflictos; dirán que estaban ya alucinadas las masas por el nombre de Espartero; que era peligroso lanzar entonces en el seno del pueblo ideas para él poco menos que desconocidas; añadirán tal vez que no solo las circunstancias, que sus amigos mismos les imponían tan duro sacrificio; mas ¿cuándo acabarán de conocer que la palabra union en las vici-