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Página:La reacción y la revolución - bdh0000290446.pdf/294

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intereses comerciales de una y otra ; si Rusia desea extender sus águilas sobre Constantinopla, no se atribuya solo á su orgullo de conquistadora, sino á que sus intereses comerciales le prescriben que encierre dentro de sus fronteras el Bósforo y el Cáucaso ; si la república de Washington aspira al dominio de Cuba, no se atribuya sino á que Cúba seria una excelente escala para su comercio. El comercio y la política están ya casi confundidos, y ¿no podrémos confundir la carrera de la diplo­macia con la del consulado?

Pasemos ya á las colonias. De nuestras vastas posesiones trasatlánticas no nos queda hoy mas que Cuba y Puerto Rico en las Antillas; las Filipinas, las Carolinas y las Marianas en la Oceania ; Fernando-Pó y Annobon en el golfo de Guinea. Hemos perdido en otros siglos el Brasil y la Jamaica ; en lo que va del presente, Méjico, el Perú, Chile, el Paraguay, Santa-Fe, toda la costa de Tierra-Firme, la isla de Santo Domingo, los mas importantes y fecundos reinos de la América. ¡Qué de inmensas sumas empleadas en estos antiguos dominios! ¡Qué pobreza, sin embargo, para ellos como para la misma España! A fines del siglo pasado, en tiempo de Fernando VI, no habia aun allí en centenares de leguas ni caminos ni calzadas, ni puentes sobre los rios, ni un solo arado sobre los campos. Vastísimos desiertos detenían por todas partes los pasos del viajero, numerosas tribus de bárbaros vivían incomunicadas con los pue­blos cultos. Sus torrentes de oro habían enriquecido, no á la España, sino á las demás naciones; su consumo alimentaba la industria de casi todos los reinos europeos menos el de la metrópoli. Parece imposible, pero es un hecho irrefragable. Las solas islas de la Martinica y la Barbada producían mas para sus dueños que para nosotros toda la América del Sur, con sus ricas minas y sus demás productos naturales. Y, obsérvese bien, eran nuestras colonias las mas vejadas, las que pagaban mas tributos.

Hemos sido fatales para la América ; pero la América no ha sido menos fatal para nosotros. Nuestra, y solo nuestra, es la culpa : no tenemos ni el derecho de quejarnos. Hemos procedido siempre con las colonias como con nosotros el antiguo pueblo de Roma. Nuestras leyes han levantado una valla eterna entre vencedores y vencidos; nuestros gobiernos las