das; mas figuraban entre ellas, por lo que dejan comprender ciertos hechos y aun ciertas palabras de Espartero, que la corona habia de sujetarse en todo á la voluntad nacional manifestada en Cortes, y no podia nombrar por sí su servidumbre; condiciones las dos que, véaselas bajo el punto de vista que se quiera, dejan una reina sobre el trono, pero moral y materialmente suspendida la existencia de la monarquía.
¿Cabia en efecto esperar que fuesen aceptadas? La situacion del trono era ya, sin embargo, tan comprometida, que no vió otro recurso que echarse á ciegas en brazos del hombre que se las dictaba. Se echó, y tuvo desde entonces que pasar por un sinnúmero de humillaciones. Se le dió á firmar un manifiesto que difícilmente hubiera suscrito sin sonrojarse de vergüenza el último de los hombres públicos; se le hizo presenciar desde los balcones de su palacio el desfile de toda la gente armada de las barricadas; se le movió á conceder donativos y pensiones en favor de los húerfanos de las víctimas de julio. No pudieron los reyes salir de su palacio antes de la venida de Espartero, á quien tuvieron que recibir con los brazos abiertos, por considerarle, no sin razon, como el único ángel capaz de arrancarles del borde del abismo. Salieron pocos dias despues; pero casi á la sombra de la noche, y dirigiéndose á Atocha por las calles menos públicas, como si quisieran evitar las miradas del pueblo. No oyeron ni un solo grito de entusiasmo, tampoco de odio; atravesaron Madrid sin excitar siquiera la curiosidad de niños ni mujeres.
Es por cierto bien poco una corona para tanta humillacion y tan calculadamente prolongada; almas de mejor temple la hubieran arrojado cien veces á los piés de sus orgullosos vencedores. Y habian de oir en tanto esos reyes victorear á las puertas de su mismo palacio al general Espartero, y habian de ver en tanto el nombre y la honra de su madre cubiertos de lodo y cieno. No habian de tener corazon para no guardar un odio profundo contra los autores de su desdicha; y debian, con