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Página:La reacción y la revolución - bdh0000290446.pdf/47

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voluntad del trono. Mas extrañamos que hasta hombres sensatos se atrevan á enunciar esta objecion ridicula. El trono carecía de voluntad al llamar á Espartero; su voluntad estaba impuesta por una fuerza superior, por la fuerza de las armas. Quizás venga dia, y no esté léjos, en que el mismo trono lo confiese. Un solo hecho destruye, además, aquel sofisma. ¿Quién firmó el decreto de 27 de agosto, por el que se extrañó de España á la madre de la Reina?

Hé aquí otra cuestion tan mal resuelta tambien por el Gobierno, que, despues de haber provocado un grave conflicto en esta corte, existe aun en pié, y es lo que no querian que fuese los ministros, un funesto legado para las Constituyentes. María Cristina, con razon ó sin ella, venia siendo, desde mucho antes de la revolucion de julio, la urna en que iban á concentrar sus odios todos los partidos. El estado de la Hacienda se agravaba de dia en dia; era debido á la codicia de la Reina Madre. Los actos de tal ó cual gabinete nos llevaban de cada vez mas á las puertas del absolutismo; era debido á la política antiliberal de la duquesa de Riánsares. Subian al poder ministros ya desacreditados por sus agios; era debido á que se prestaban á ser agentes de Cristina. El partido progresista atribuia á esta mujer su caida, el partido moderado su fraccionamiento, el partido carlista su ruina, el partido democrático, aunque indirectamente, muchos de los males que afligen á los pueblos. Acostumbrados luego estos á mirarla como su caja de Pandora, no sufrían un solo gravamen de que no la supusieran causa, no oian de un asesinato misterioso de que no la creyeran por lo menos cómplice. Hablaban unos de envenenamientos, y la presentaban como una Lucrecia Borgia; pintábanla otros como una sirena que se atraía con la dulzura de sus palabras á sus mas encarnizados enemigos. Se habia llegado á un extremo tal, que bastaba para desprestigiar al hombre de mejores antecedentes , saber ó decir que frecuentaba los salones de la Reina Madre. ¡Qué de crimenes repugnantes, qué de echos