lo contrario, hasta que vengan á modificar la presuncion hechos posteriores. No creo necesario probar si existen ya estos hechos. A cada cuestion que se agita en el Congreso van separándose entre sí las tres fracciones.
Pero esta es materia para tratada mas despacio y en ocasion mas oportuna; no dejará de encontrar su lugar en las páginas de esta obra. Debo ahora consignar que en estas elecciones el Gobierno ha renunciado al ejercicio de su influencia; que ha manifestado una ataraxia completa, y la ha impuesto como un deber á sus subordinados; que si ha habido soborno, ha salido de los candidatos: actos que no tendria necesidad de consignar si no hubiese sido este uno de los pocos gobiernos que no han tratado de cohibir el ánimo del pueblo. ¡Así hubiese cumplido con los demás deberes que le imponia la revolucion de julio!
Próximas á reunirse las Cortes, no dejaron de levantarse aun, como dejo insinuado, cuestiones, que no puedo omitir, atendida su importancia. Tanto los insurrectos de julio como las juntas de provincia habian ofrecido á los soldados que secundasen el movimiento dos años de rebaja en el servicio. Efecto de esta promesa, tuvo que licenciarse á los soldados de dos quintas. Los batallones iban quedando en cuadro, el ejército reducido á no poder cubrir sino las plazas fuertes. O'donnell, y otros ministros con él, conciben al fin el proyecto de una leva, que consideran urgente. La proponen en consejo; pero dan con una resistencia tan inesperada como tenaz en Espartero. En vano le presentan amagos de trastornos y una guerra civil en perspectiva; «Las Cortes no tardarán en reunirse, contesta á todo el Duque; resuelvan lo que crean justo.» Esto desconcierta al parecer á O'donnell, desconcierta á todo el partido moderado. Sale al dia siguiente el Diario Español con un artículo tan embozado como furibundo, y se atribuyen desde luego á Espartero pensamientos de ambicion, aspiraciones á la dictadura, deseos de sobreponerse á los reyes y ser el representante de otra soberanía.