videncia, y pedia con humildad á sus hermanos pan para sus hijos. No era, como ahora, un peligro para la sociedad, una amenaza para el rico. Nos hemos quejado de la esclavitud de aquellos tiempos, y donde buscábamos la vida, no hemos encontrado sino gérmenes de muerte. La libertad nos ha traido la discordia.»
Protéstase generalmente contra la verdad de tales aserciones; mas son ciertas. La revolución ha venido á cerrar la era de paz de nuestros padres, ha venido á encender la guerra entre clase y clase, entre hombre y hombre, entre la fe y la razon, entre lo pasado y lo porvenir, entre lo condicional y lo absoluto. Bajad, si no, al fondo de las conciencias, y no hallaréis sino la duda; al fondo de los corazones, y los veréis latir á impulsos de profundos odios; al fondo de la sociedad, y oiréis solo el rumor de sus combates. Dios tiene hoy entre nosotros sus enemigos, los tiene el rey, la propiedad los tiene. Las antiguas ideas de moral están casi intervertidas; palabras que ayer hacían eco en el ánimo del pueblo, carecen de valor y de sentido.
No nos quejemos, sin embargo, de la revolución; quejémonos de nuestra naturaleza de hombres, quejémonos de las leyes á que obedece en su marcha nuestra especie. La revolución no la hemos ido á buscar; nos la han traido los sucesos, y nos la han traido porque era necesaria. La paz bajo Cárlos IV era ya la inacción, un quietismo vergonzoso y degradante, una atonía incompatible con el desarrollo progresivo de la humanidad entera. La paz era nuestra muerte como hombres, nuestra muerte como pueblo. Nuestras vastas colonias se desgajaban de la metrópoli como jirones de su rico manto, nuestras armas habían perdido su prestigio, nuestros reyes su honra, nuestros hombres de estado su ciencia y su energía, nuestros pensadores su fuerza intuitiva y reflexiva, nuestra literatura su originalidad y su poético ropaje, nuestro reino todo, su dignidad y su proverbial independencia. Vivíamos sin poner mano á la espada bajo el capricho de una prostituta y las leyes de un adúltero.
Penetraron en España las ideas de la revolución francesa, y abrieron el camino á la del año 12. Todo se conjuró entonces para fecundarlas. Estalló una guerra internacional, y se encar-