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Página:La reacción y la revolución - bdh0000290446.pdf/87

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de ideas. Ha puesto en boca de Bossuet que la depuración de la idea de Dios ha sido el objeto de todas las revoluciones por que han pasado los imperios; y en la de Proudhon, que la es­pecie no da un paso que no aplaste esa misma divinidad pre­sentada como última conquista de nuestra inteligencia. Ha hecho decir á Lamennais que trabajamos exclusivamente para que la libertad llegue á su última evolución y difunda sus rayos por el mundo; á Ballanche, que las vicisitudes so­ciales no son mas que la reproducción del dogma cristiano sobre la reparación y la expiación de una primera falta; á Hegel, que el alma universal se manifiesta de diversos mo­dos en Oriente, en Grecia, en Roma y en los pueblos oriun­dos de los bárbaros del Norte. Tanta discordancia ¿no ha de prevenir naturalmente en contra de las pretensiones de la his­toria?

Mas no nos dejemos sorprender por vanas apariencias. En el fondo de todas estas opiniones hay una misma idea, y la di­versidad no está sino en la manera de determinarla. Esta idea es el progreso. ¿Qué viene á decir Vico en las bellas páginas de su Scientia nuova? «Nace con la familia la idea de poder; y este poder se realiza desde luego en la cabeza del padre, que, rey, sacerdote y patriarca á la vez, goza de un imperio absoluto sobre sus hijos y sus nietos. Algún tiempo despues las familias se reúnen y acampan en alturas escarpadas, donde van á re­fugiarse tribus salvajes que vivian en comunidad de bienes y mujeres. Los padres de familia pasan entonces á ser los hé­roes, es decir, los nobles, los patricios; los salvajes á ser sus vasallos y á constituir la plebe. ¿Qué es lo que produce, al fin, la ruina de la aristocracia? Los excesos de los héroes. Y ¿la de la democracia, que le sucede? La anarquía y los excesos del plebeyo. Se siente en el primer caso la necesidad de la justicia, y viene el pueblo á establecerla; se siente en el segundo la ne­cesidad del orden, y va la monarquía con su caduceo á poner en paz la serpiente de la oligarquía, y la de las iras populares. ¿No bastan aun á detener la corrupción de una sociedad los poderes de la monarquía? Tened esta sociedad por muerta, porque está de seguro destinada á caer bajo el imperio de re­yes mas poderosos y pueblos mas afortunados. Tal es la ley del mundo.»