Ir al contenido

Página:Las enfermedades del patriotismo - bdcyl33557.pdf/11

De Wikisource, la biblioteca libre.
Esta página ha sido corregida
— 9 —

sos, la prosperidad y el triunfo marcan la pleamar del cariño y de la amistad; y la bajamar, el alejamiento, el desvío obedece, como a luna implacable, a la fuerza de la adversidad; ¡la adversidad, ocasión en que desmayan las interesadas adhesiones y crisol en que se prueban, depuran y fortifican las lealtades!... (Aplausos.)

De esta ley dura, dolorosa, ¡humana!, no se salva la adhesión a la Patria. Si en días de apogeo, poderío y pujanza llevaban todos el nombre de español como un orgullo, en días de debilidad y decadencia no son pocos los que lo ocultan, lo disimulan o lo callan, y son más aún los que parecen soportarlo penosamente como si fuera humillación y afrenta. De todas las tristezas que al español adorador ferviente de España produce el contacto con las realidades extranjeras, es la mayor el contraste entre la debilidad de nuestro patriotismo con el vigor de los patriotismos ajenos.

En la vida cotidiana, en mil detalles, se advierte el desnivel. Yo recuerdo—perdonad la trivialidad externa de la anécdota—la impresión que me produjo ver, hace años, en una confitería de Lucerna, unos saquitos para bombones hechos con sedas de colores de banderas. Había allí todas las enseñas de Europa y de América; sólo faltaba una: la española. Y como inquiriese la causa se me dijo:—¡Oh! No la pide nadie. Es usted el primero que pregunta por ella... ¡No la pedía nadie! Y no era que faltase colonia española, porque la había y numerosa. Era que el impulso sentimental que llevaba a franceses, a ingleses, a norteamericanos, a argentinos a unir al obsequio de amor o de galantería el dulce recuerdo de la patria lejana, se sustituía en los españoles por el recelo irónico, por el temor a la mueca burlona. ¡Ofrecer a una dama unos bombones en un hatillo de soldado!... ¡Era la misma frivolidad malsana que ha estorbado y retrasado entre nosotros la costumbre, antigua y general en el mundo, de que el viajero lleve en su equipaje una bandera diminuta para plantarla en el cuarto del hotel junto al retrato de la novia o de la esposa amada y de la madre muerta, diciendo que el que allí mora es un hombre, no un mu-