doctor en voz baja no hiciese el diablo que le oyeran.
—En este baul—dijo Respetilla señalando el mayor. Saco el de lancero para que su merced vaya de lancero á ver á su prima?
—No, maldito de Dios. No saques ni el de lance ro, ni el de maestrante. No digas siquiera que has traido tales uniformes.
— Pues qué ¿no le gusta á la señorita la gente de tropa?
No, no le gusta. Guárdate bien de decir que he traido los uniformes.
—Válgame Dios—añadió Respetilla—pues si á la señorita no le gusta la vestimenta militar, ¿por qué no trajo su merced aquellos arreos, de doctor?
—Porque tampoco le gustan aquellos arreos.
—Entonces, ¿qué arreos le gustan?
—Yo no sé. Ningunos.—Pues todo aquello de doctor es muy visloso.
¡A fé que lo celebraron poco el cura y el médico, el dia en que su merced se lo puso para que le viesen en casa!
—No digas simplicidades. Cuenta con charlaraqui. Que no sepan que yo me vesti de doctor en Villabermeja para que me viesen el médico y el cura.
Toma... ¡y qué mal lay en eso! Y el ama Vi-