garganta; merced á una cinta de seda azul celeste, que formaba un lacito sobre el pecho. La sábana'y uhá colcha ligera cubrian á la jóven, si bien ciñéndose al cuerpo por tal arte que revelaban sus gracio sas, elegantes y juveniles formas.
Doña Araceli, que además del cariño de tia tenia lo que llamaba Dante entendimiento de amor, no pudo menos de extasiarse al ver á su sobrina; y despues de haberla contemplado un rato, se echó en sus brazos y la besó, diciendo: ¡Qué hermosísima estás, muchacha! ¡Dios to bendiga! ¡Vamos, si pareces una Magdalena sin penitencia y sin pecado!
Tiita, no se burle de mi con lisonjas. Mire usted qué no soy presumida.
—¿Qué me he de burlar, hija mia? ¿Qué me he de burlar? ¿Dónde se ha visto cosa más mona que tú? ¡Alabado sea Dios que quiso lucirse y echar el resto en tu persona! Asl, en estos momentos, es cuando hay que ver á las mujeres para juzgar sobre su mérito; despeinadas, sin afeites, sin cascarilla nii arrebol; como el Señor las ha criado.
—¿Qué la trae á Vd. por aqui tán de mañana, tia?
—Pero, muchacha, ¿qué colores tienes tan frescos cuando te despiertas? ¡Si pareces una rosa!—interrumpió doña Araceli.