Dante y de Petrarea por sus dos queridas verdaderamente inmortales.
Lejos de sosegar esta confesion el ánimo del doctor, le atormentaba con amarga tristeza: le atormentaba con el tormento de no amar, que es el mayor de los tormentos.
Para distraerse de sus melancólicas cavilaciones redobló su actividad corporal. Paseaba desaforadamente á pié y á caballo; los combates al sable con Respetilla eran cada dia más largos y feroces; tiraba á la barra, levantaba pesos enormes, y no pocas veces llegó á tomar el azadon y cavo con ahinco hasta derretirse sudando: pero al consumir y gastar asi sus fuerzas corporales, no lograba aquietar, ni por un instante, la inflamada vehemencia del es—pirito.
Respetilla no era tonto, queria bien á su amo, recelaba que en aquella vida solitaría que estaba liaciendo acabaria por volverse loco, y no dejaba ningun dia de aconsejarle que viviese como los demás hombres, y que ya que por falta de dinero no le era dable irse á vivir á la córle, hiciese de la necesidad virtud, se figurase que Villabermeja era en sustancia lo mismo que Madrid, y tratase á la gente de Villabermeja, distrayéndose y recreándose con sus paisanos, y sobre todo con las hijas de sus paisanos, entre