unirse luego, se limpiara el alma de todo pecadodesechase toda bajeza, se levantase al fin á aquel grado de perfeccion, á donde habia aspirado en vano á llegar por si sola? No; ni el alma del doctor, ni otras almas atormentadas como la suya, podian ya huir á la Tebaida y renovar los tiempos y los prodigios de los Pablos, Antonios, Pacomios é Hilariones. ¿Qué iban á adorar alli, como no fuese el espectro de su propio sér, sublimado y endiosado por la orgullosa fantasia.
Para un tormento como el de su alma se le figuraba á D. Faustino que no habia más que un reniedio: la muerte. Y sin embargo, apenas pensaba en la muerte, todas las esperanzas, todas las ilusiones, todos los propósitos de su lozana juventud surgian como de un abismo, y se presentaban á sus ojos, llenos de luz y belleza, y hacian llegar á sus oidos una encantadora armonia. Eran como el cántico de la resurreccion que su semi—tocayo el doctor Fausto creyó oir á los ángeles, cuando iba á apurar la copa de veneno.
Además, el horror á la nada podia más en el ánimo del doctor que el miedo de las penas eternas, si le hubiera tenido. Queria vivir, pero vivir de una vida grande, noble, poderosa, fecunda; de una vida que dejase en pos de si un rastro luminoso é inde-