fiel escudero con no volver á ir en casa del escribano y privarse del dulce trato de Jacintica, con quien cortó relaciones.
Sobre doña Ana, entretanto, habian venido todas las penas juntas.
Su hijo no parecia y su inquietud se aumentaba. Para consuelo, la amenazaban con la vergüenza de una ejecucion; con la ruina total de su casa y hacienda.
Lo único que quedaba en casa, ya en el mes de Mayo, era un poco de vino, cuyo valor en venta no ascenderia á diez mil reales. Doña Ana mandó á Respetilla que llamase á los corredores para que le yendiesen por lo que quisieran dar. Pero ¿qué eran diez mil reales cuando necesitaba ciento sesenta mil?
Doña Ana escudriñó todos sus armarios y cómo das; juntó la poca plata labrada y algunos dijecillos que conservaba aún; y, aunque tampoco, por bien vendidos que fuesen, importarian más de otros diez ó doce mil reales, doña Ana so'decidió á venderlos.
Por último, venciendo su extrema repugnancia y sofocando su orgullo, acudió á su única amiga de corazon; escribió una carta á la niña Araceli, pintándole con vivos colores la terrible cuita en que se hallaba y pidiéndole auxilio.
Respetilla, encargado de llevar la carta y las jo