Aquí donde Vd. me vé—dijo á D. Faustinoyo estaba destinado á hacer otra vida harto distinta de la que estoy haciendo; pero el hombre pone y Dios ó el diablo dispone. Cuando yo tenia diez y ocho años estaba de novicio en el covento de Villa bermeja. Bien se acordará de aquellos tiempos el Padre Piñon, que me queria en extremo por el fervor y excelente voz con que yo cantaba las cosas de iglesia, y porque me suponía tan humilde y sencillo, que siempre andaba diciendo que yo iba á ser un santo. Tal vez lo hubiera sido, si no llego á ver Juanita. Antes hubiera cegado. Juanita frecuentaba mucho la iglesia en compañía de su madre doña Petra la viuda. Esta buena señora era muy presumida y entonada. Se jactaba de hidalga, y no sin razon. Su madre, la abuela de Juanita, habia sido una hermana de su abuelo de Vd., Sr. D. Fausti no. El pobre novicio tuvo, pues, la audacia de poner los ojos en una parienta de los Mendozas.
—¿De quién era viuda doña Petra?—preguntó el doctor.
—De un arriero enriquecido—contestó Joselito.
—Eso importa poco. El caso fué que yo me enamoré perdidamente de Juanita. Mis ardientes miradas lograron excitar en su alma un ainor igual al mio. Ea la misma iglesia nos hablamos con tal reca