ñante, á quien el mismo Joselito vino á llamar para que siguiese á su amo. Las pisadas de los dos caballos, que se alejaban, se oyeron resonar desde el patio.
—Sr. D. Faustino—dijo entonces Joselito,tenga su merced la bondad de venir conmigo.
El doctor siguió á Joselito al mismo cuarto donde con el embozado había estado hablando.
Solos alli, con voz conmovida dijo Joselito al doctor: —Todos mis planes se han deshecho. Es mi siso.
Ilay una fuerza superior á mi voluntad que me avasalla y sujeta. María no ha muerto; pero Vd. y yo debemos considerarla como muerta. No la volveremos á ver más. Para nada le necesito á Vd. ahora.
He prometido además al hombre que acaba de irse de este cuarto, que pondré á Vd. en libertad inmediatamente. Voy á cumplir la promesa. ¿Quiere usted irse ahora mismo?
—Estoy impaciente por ver á mi madre, por salvarla, por consolarla al ménos. Ahora mismo me voy—contestó el doctor.
En balde intentó averiguar quién era el personaje misterioso que procuraba su libertad, y sobre todo, cuáles eran el paradero y el destino de María para que tuviese él que considerarla como muerta.
Joselito no quiso ó no pudo revelarle nada. Mandó