Tambien, pasado ya algun tiempo y conservando en el alma, sólo como una dulce memoria que interiormente la iluminaba, la bella imágen de Maria, trató el doctor de brillar en la alta sociedad y de ser amado de las damas madrileñas; pero esta ilusion fué más vana que las otras. Todo el toque de la dificultad, todo el busilis de este negocio, segun el doctor habia oido decir, estribaba en que alguna muy elevada le quisiese. Las otras le tendrian al punto por hombre digno de amor, y acudirian á ét como á la miel las moscas. Por desgracia, no halló el doctor á ésta que, digámoslo así, habia de romper la marcha. No era posible tampoco renovar la estratagema de aquel empresario de la plaza de toros que, en tiempo en que habia ménos aficion que hoy, notó que ningun año iba gente á la primera corrida sino que empezaba la gente á ir á la segunda, y decidió dar principio por la segunda para que hubiera gente desde luego. Lo cierto es que, sin posicion, sia el brillo de la gloria ó de la riqueza, ó de los mismos triunfos en otros amores, oscuro, algo encogido, pobre como las ratas, pisaverde de casa de huéspedes en suma, es muy difícil deslumbrar al bello sexo.
No se halla á cada paso una princesa del Catay, una Angélica amorosa, que elija por su Medoro á un señorito sin nombre, poco ameno además, y dado á