La pertinacia vanidosa del general Perez tenia fuera de sí á Costaneita. Juzgaba ya que, dentro de la buena educacion y de los respetos sociales, habia hecho cuanto puede hacerse y aún más de lo que puede hacerse para refrenar al feroz é intrépido guerrero ó alejarle de si desengañado; pero el ahinco del general Perez era descomunal: rayaba en lo inYerosimil.
Acostumbrado el marqués de Guadalbarbo á que le adorasen á su mujer y confiadisimo además en la virtud de ella, no advertia ó no hacia caso del apretado y durísimo asedio en que el general la habia puesto. Costancita además era prudente, y no habia de acudir á su marido para que la libertase de las impertinencias de aquel presumido galan, para que osease á aquel moscon, empeñándole acaso con él en un lance, á par que peligroso, ridículo.
Costancita, pues, seguia sufriendo, si bien con impaciencia y disgusto, las pretensiones del general, esperando cansarle y apartarle de si á fuerza de seriedad y desvio. Hasta entonces no habia comprendido Costancila una parte de la mitologia: las persecuciones del dios Pan á las ninfas, de Apolo á Dafnedel ciclope Polifemo á Galatea. Ahora, mutalis mulandis, en vista del modo de vivir actual mucho más ordenado y político, casi se consideraba ella