todos de su discrecion, de su saber, de la nobleza de su carácter, y de como, desde origen tan humilde, desde el lodo en que nació, habia sabido elevarse, limpia y pura de toda mancha, salvo la de haberse entregado, en su nocedad, á D. Faustino, movida por un amor invencible, lo cual no habia alma generosa que no perdonase, y mucho más al ver á Irene, cuya hermosura, candor y claro entendimiento, eran perpétuo asunto, de los mayores encomios.
Irene, si era adorada de los hombres, aún era más estimada por las mujeres. La ausencia de toda coqueteria hacia que no la mirasen como una rival.
Su religiosidad profunda, su disgusto del mundo sin amargura ni acritud, y su amor á las cosas del espíritu, la apartaban de toda vanidad mundana y de las galanterias y vulgares amores, elevando al cielo sus pensamientos, de donde se diria que, al volver á su alma, bañaban su rostro divino en reflejos como de luz increada.
Maria, su madre, ya hemos dicho que conservaba aún su belleza: pero la austeridad de sus costumbres, dos recuerdos de su pecado, los pensamientos que despertaban en su mente la vida criminal de su padre y su muerte trágica, todo concurria á despojarla de aquella ligera afabilidad, de aquella alegria graciosa,