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Página:Las ilusiones del doctor Faustino (1875).pdf/578

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Las ilusiones

Irene, de rodillas, con los ojos levantados al cielo, pedia perdon para todos, impetrando la clemencia —divina.

D. Juan Fresco estaba trastornado, conmovido espantosamente, horrorizado, á pesar de su frescura.

Refulgente de inocencia, en medio de tantos horrores, Irene, disgustada del mundo, se decidió á buscar un asilo al pié de los altares. Su alma, toda entregada á Dios, no era capaz de compartir los efimeros y falsos goces de este mundo con ningun espiritu encarnado en cuerpo humano. Serafinito la amaba.

Serafinito, que estaba en Madrid estudiando leyes, tenia por Irene una verdadera adoracion. Irene le amó sólo como á un hermano.

La pena del excelente y candoroso Seralinito y las observaciones y ruegos de D. Juan no bastaron á persuadirla para que cambiase de propósito.D. Juan Fresco y Serafinito llevaron á Irene á Avila, á los dos meses de muertos sus padres, y alli se encerró ella en el convento de San José, fundado por Santa Teresa. No bien pasó el noviciado, Irene tomó el velo y profesó de carmelita descalza, trocando gustosa por la aspereza penitente de aque.