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Página:Las mil noches y una noche v12.djvu/100

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LAS MIL NOCHES Y UNA NOCHE

cien jóvenes sentadas en cien sillas de oro y tercio- pelo, é hizo una seña. Y al punto se levantaron las cien jóvenes y salieron en silencio una tras otra. É hizo él una segunda seña, y unas esclavas que lle- vaban los trajes levantados hasta la cintura sirvie- ron bandejas grandes llenas de manjares de todos colores y confeccionados con cuanto vuela por los aires, anda sobre el suelo ó nada en los mares; y pastelería, y confituras, y tartas sobre las que apa- recían escritos, con alfónsigos y almendras, versos en alabanza de los huéspedes.

Y cuando comieron y bebieron y se lavaron las manos, les preguntó el dueño de la casa: ¡Oh huéspedes míos! ya que me honrasteis con vuestra presencia para darme el gusto de que me pidáis algo, hablad con toda confianza. ¡Porque vuestros deseos serán ejecutados por encima de mi cabeza y de mis ojos!> Giafar contestó: ¡La verdad es joh huésped nuestro! que hemos entrado en tu casa para oir mejor la voz admirable que desde el agua oímos á medias y apagada!>

Al escuchar estas palabras, el dueño de la casa contestó: ¡Bien venidos seáis!> Y llamó á palma- das, y dijo á los esclavos que acudieron: <¡Decid & vuestra ama Sett Jamila que nos cante algol> Y unos instantes después se oyó detrás de la cortina del fondo de la estancia una voz que no se parecia á ninguna otra y que cantaba, acompañándose ligeramente con laúdes y citaras: