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Página:Las mil noches y una noche v12.djvu/104

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LAS MIL NOCHES Y UNA NOCHE

frutas desconocidas en nuestra tierra y del todo ad- mirables en verdad. Y á mi vez le entregué yo cien dinares de oro para demostrarle el gusto que tenía en admitir su obsequio. Luego reparti aque- llas frutas á mis invitados, y pregunté al capitán marino: ¿De dónde proceden estas frutas, ¡oh ca- pitán!? Me respondió: ¡De Bassra y de Bag- dad! Y al oir estas palabras, todos mis invitados empezaron á hacerse lenguas acerca de la tierra maravillosa de Basera y de Bagdad, encantándome la vida que se hacia alli, la bondad de su clima y la urbanidad de sus habitantes; y no cesaban en sus elogios á este respecto, encareciendo unos las palabras de otros. Y tanto me exalté con todo aque- llo, que sin más ní más me levanté en aquella misma hora y en aquel instante, y sin poder repri- mir mi alma, que deseaba ardientemente el viaje, vendí en subasta mis bienes y mis propiedades, mis mercancías y mis navios, con excepción de uno solo que reservé para mi uso personal, mis escla- vos y mis esclavas, y todo lo convertí en dinero, ha- ciéndome así con una suma de un millar de milla- res de dinares, sin contar las joyas, las pedrerías y los lingotes de oro que tenía en mis cofres. Tras de lo cual, con mis riquezas reducidas de aquella ma- nera á su peso más ligero, me embarqué en el na- vío que hube de reservarme, é hice que se diera á la vela para Bagdad.

>Y he aquí que Alah me escribió una travesia dichosa, y llegué con mis riquezas sano y salvo á