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Página:Las mil noches y una noche v12.djvu/108

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LAS MIL NOCHES Y UNA NOCHE

hizo una seña á las dos pequeñuelae, que al punto nos llevaron una bandeja grande de oro, en la cual se asentaban pollos asados, carnes asadas, codor- nices asadas, pichones asados y gallos salvajes asa- dos. Y comimos hasta la saciedad. Y en mi vida hube de gustar manjares más deliciosos que aque- llos, ni beber bebidas más sabrosas que las que me sirvió ella cuando quitaron la bandeja de manjares, ni respirar flores más suaves, ni endulzarme con frutas, confituras y pastelerías tan extraordinarias! Y alardeó luego elia de tanta amabilidad, de tanto encanto y de tantas caricias voluptuosas, que pasé en su compañía el mes entero sin darme cuenta de cómo huían los días.

> Al terminarse el mes, fué en mi busca el escla- vito y me llevó al hammam, de donde sali para ver al jeique blanco, y decirle: <¡Oh mi señor! ¡deseo una de las que cuestan veinte dinares por velada!> Me contestó: ¡Pesa el oro!» Y ful á mi casa á buscar el oro, y volvi para pesarle seiscientos dinares por un mes de prueba con una joven de veinte dinares por velada. Y llamó él á uno de los jóvenes y le dijo:

  • Conduce á tu amo!» Y el joven me llevó al ham-

mam, donde me atendió mejor todavía que la pri- mera vez, y luego me hizo penetrar en un pabellón cuya puerta estaba guardada por cuatro esclavitas, que corrieron á prevenir á su ama en cuanto nos divisaron. Y se abrió la puerta y vi aparecer á una joven cristiana del país de los francos, mucho más bella que la primera y vestida más ricamente. Y