he de confesaros que la encontré infinitamente más experta en movimientos que mi primera amante. Y en verdad que comprobé no había pagado á un precio exagerado las delicias que me hizo experi- mentar desde el primer dia hasta el trigésimo.
Así es que cuando volvió por mi el joven para llevarme al hammam, no dejé de ir en busca del jeique blanco y cumplimentarle por la elección llena de acierto que hacía de sus jóvenes, y le dije: ¡Por Alah, joh jeique! que quiero habitar siempre en tu generosa casa, donde se encuentra la alegría de los ojos, las delicias de los sentidos y el encanto de una sociedad escogida!> Y el jeique quedó muy satisfecho de mis alabanzas, y para demostrarme su contento, me dijo: «Esta noche ¡oh huésped mio! es para nosotros una noche de fiesta extraordinaria; y sólo tienen derecho á tomar parte en esa fiesta los clientes distinguidos de mi casa. Y la llamamos la Noche de las Visiones espléndidas. ¡No tienes, pues, mas que subir á la terraza y juzgar por tus propios ojos! Y di las gracias al anciano y subí á la te- rraza.
> Y he aquí que la primera cosa que adverti, una vez que estuve en la terraza, fué una gran cor- tina de terciopelo que dividia la terraza en dos par- tes. Y detrás de esta cortina, iluminados por la luna, estaban tendidos sobre hermoso tapiz, uno junto á otro, dos bellos jóvenes, una joven y su amante, que se besaban con los labios en los labios. Y á la vista de la joven y de su belleza sin igual, me quedé atur-