gritó él: ¡Hola, amigo!» Contesté: <A tus órdenes, joh tío mío!> Me dijo él: <Nuestra costumbre aquí, cuando un cliente se arruina, es albergar durante tres días á ese cliente sin privarie de nada. ¡Pero tú te estás aprovechando escandalosamente de nues- tra hospitalidad hace ya un año, comiendo, bebien- do y copulando á tu antojo!> Luego se encaró con sus esclavos, y les gritó: <¡Echad de aquí á ese hijo de perral. Y se apoderaron de mí, y completamen- te desnudo, me plantaron en la puerta, poniéndome en la mano diez monedas pequeñas de plata y dán- dome un capote viejo remendado y hecho jirones para que cubriera mi desnudez. Y me dijo el jefque blanco: ¡Vete! ¡no quiero hacer que te den una pa- liza ni injuriartel ¡Pero date prisa á desaparecer, porque si tienes la desgracia de permanecer aún en Bagdad, nuestra ciudad, va à chorrear tu san- gre por encima de tu cabeza!>
»Entonces joh huéspedes mios! me vi obligado á salir á despecho de mi nariz, sin saber adónde encaminarme por esta ciudad que yo no conocía, aunque habitase en ella desde hacía quince meses. ¡Y sentí que sobre mi corazón se abatian pesada- mente todas las calamidades del mundo y sobre mi espíritu la desesperación, las tristezas y las pre- ocupaciones! Y dije para mí ánima: ¿Es posible que yo, que vine aquí cruzando los mares con mil miliares de dinares de oro y además el importe de la venta de mis treinta navios, haya podido gastar toda esta fortuna en la casa de ese calamitoso viejo