para él! Y los mercaderes, estupefactos, dieron fe de lo que veían y ofan; y el mercader me entregó el saco con cuanto contenia, y hasta me regaló el tapiz y la silla en que estaba sentado. Y le di las gracias por su generosidad; y bajé á tierra y me dirigi al zoco de los joyeros.
> Alli alquilé una tienda, y me puse á vender y á comprar y á realizar todos los días una ganancia bastante apreciable. Y he aquí que entre los obje- tos preciosos guardados en el saco había un trozo de concha roja, de un rojo oscuro, que, á juzgar por los caracteres talismánicos grabados en sus dos caras y que parecían patas de hormiga, debía ser algún amuleto fabricado por un artifice muy versa- do en el arte de los amuletos. Pesaría media libra, y yo ignoraba su uso especial y su precio. Así es que lo hice pregonar varias veces en el zoco; pero no ofrecieron por ello al pregonero mas que de diez á quince dracmas. Y a pesar de todo, no quise ce- derlo por un precio tan módico, y en previsión de una ocasión excelente, dejé el trozo de concha en un rincón de mi tienda, donde permaneció un año.
>Pero un día en que estaba yo sentado en mi tienda, vi entrar...
En este momento de su narración, Schahrazada
vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.