quieres contestarme?> Y acabé por responderle otra vez: <¡Vete por tu camino!» Entonces se puso á aumentar miles y miles de dinares hasta que me ofreció veinte mil dinares. ¡Y yo no contestaba!
>¡Eso fué todo! Y atraídos por tan extraño re- gateo, los transeuntes y los vecinos se agruparon & nuestro alrededor en la tienda y en la calle, y murmuraban de mí en alta voz y hacían ademanes de desaprobación para conmigo, diciendo: <¡No de- bemos permitirle que pida más por ese miserable trozo de concha!» Y decian otros: ¡Ualah! ¡cabe- za dura, ojos vacíos! ¡Como no le ceda el trozo de concha, le echaremos de la ciudad!>
>¡Eso fué todo! Y yo aún no sabía lo que que- rian de mí. Así es que, para acabar, pregunté al extranjero: «¿Quieres, por fin, decirme si vas à comprar de veras ó si te burlas?» Contestó él: «¿Y quieres tú vender de veras ó burlarte? Yo dije:
- ¡Vender! Y dijo él: <¡Entonces, como último pre-
cio, te ofrezco treinta mil dinares! ¡Y concluyamos ya la venta y la compra!» Y entonces me encaré con los circunstantes, y les dije: Os pongo por testigos de esta vental ¡Pero antes tiene que expli- carme el comprador lo que pretende hacer con este trozo de conchal» Contestó él: Rematemos primero el trato, y luego te diré las virtudes y la utilidad de este objeto!» Contesté: ¡Te lo vendo!> Él dijo: ¡Alah es testigo de lo que decimos!> Y sacó un saco lleno de oro, me contó y me pesó treinta mil dinares, cogió el amuleto, se lo metió