del lavatorio, dándoles masaje y lavándoles, y ha- ciéndoles que repitieran con él mismo las diferen- tes experiencias. Y cuando estuvieron duchos en tal arte, fijó él por fin el día de la inauguración del hammam y se lo avisó al rey.
Y aquel día hizo Abu-Sir que calentaran el hammam y el agua de las piscinas, y quemaran incienso y perfumes en los pebeteros, y dejaran correr el agua de las fuentes con un ruido tan admirable, que cualquier música pareceria junto à aquel rumor un desconcierto. ¡En cuanto al gran salto de agua de la piscina central, era una mara- villa incomparable y que sin duda había de produ- cir un éxtasis en los espiritus! Y reinaba allá dentro en todo una limpieza y una frescura que desafia- rían al candor del lirio y los jazmines.
Así es que cuando el rey, acompañado por sus visires y emires, franqueó la puerta principal del hammam, quedó agradablemente impresionado por ojos y nariz y oídos con el decorado encantador de aquel recinto, y los perfumes y la música del agua en los pilones de las fuentes. Y preguntó, muy ma- ravillado: ¿Pero qué es esto?» Abu-Sir contestó: ¡Esto es el hammam! ¡Pero no has visto mas que la entrada!» É hizo penetrar al rey en la primera sala y le hizo subir al estrado, donde le desnudó y le envolvió en toallas desde la cabeza hasta los pies, y le calzó altos zuecos de madera, y le intro- dujo en la segunda sala, donde le hizo sudar co- piosamente. Entonces, ayudado por mozos jóvenes,