sientes en comer un bocado y en ir á tomar un baño al hammam, te haré ver de nuevo, hoy mismo, á Abul-Hassán!» Ella exclamó: ¡Oh padre! ¿es cierto lo que dices?> É! contestó: ¡Por Alah el Gloriosísimo, que es cierto lo que digo!» Entonces exclamó ella: ¡Ualahi! ¡En cuanto vea su rostro ya no tendré necesidad de comer ni de beber!> En- tonces el anciano se volvió hacia la puerta detrás de la cual estaba yo, y me gritó: ¡Entra ya, Abul- Hassan! Y entré.
>Y he aquí ich huéspedes míos! que no bien me advirtió y me reconoció ella, cayó desmayada, y transcurrió mucho tiempo sin que recobrara el sentido. Por fin pudo levantarse, y entre llantos de alegría y risas nos arrojamos uno en brazos de otro, y permanecimos mucho tiempo abrazados así, en el límite de la emoción y de la felicidad. Y cuando pudimos prestar atención á lo que pasaba en torno nuestro, vimos en medio de la sala de recepción al kadi y á los testigos, à quienes había llamado á toda prisa el jeique, y que acto seguido extendieron nuestro contrato de matrimonio. Y se celebraron nuestras nupcias con un fausto inusi- tado, entre regocijos que duraron treinta días y treinta noches.
> Y desde entonces ¡oh huéspedes mios! la hija del jeique Taher es mi esposa querida. ¡Y á ella fué à quien oisteis cantar esos aires melancólicos que le gustan y con los que recuerda las horas dolorosas de nuestra separación, sintiendo mejor