posteridad y su dolor por no poder dejar á sus des- cendientes el trono que le legaron sus padres y sus antepasados, entró en la sala un joven mameluco, y le dijo: Oh mi señor, á la puerta hay un merca- der con una esclava joven y bella como jamás se vió!> Y dijo el rey: <¡Que me traigan, pues, al mer- cader y á la esclava!» Y el mameluco apresuróse á introducir al mercader y á su hermosa esclava. Al verla entrar, el rey la comparó en su alma con una fina lanza de un solo cuento; y como la envolvía la cabeza y la cubría el rostro un velo de seda azul listado de oro, el mercader se lo quitó; y al punto iluminóse con su belleza la sala, y su ca- bellera rodó por su espalda en siete trenzas maci- zas que la llegaron á las pulseras de los tobillos: Be dirían las crines espléndidas de una yegua de raza. noble barriendo el suelo por debajo de la grupa. Y era real y tenía curvas maravillosas y desafiaba en flexibilidad de movimientos al tallo delicado del árbol ban. Sus ojos, negros y naturalmente alarga- dos, estaban repletos de relámpagos destinados & atravesar los corazones; y sólo con mirarla cura- ríanse los enfermos y dolientes. En cuanto à su grupa bendita, cima de anhelos y deseos, era tan fastuosa, en verdad, que ni el propio mercader pudo encontrar un velo lo bastante grande para envolverla... En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente. © Biblioteca Valenciana (Generalitat Valenciana)
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Apariencia