de la tranquilidad, de las delicias, de los honores, de la felicidad y de mis aspiraciones todas!> ¡Eso fué todo! Y el rey oía lo que decía Flor-de- Granada; y se regocijaba en su corazón, y la agra- decía en el alma estas buenas palabras; y la amó entonces mil millares de veces más que antes; y el amor que la tenía se consolidó para siempre en el núcleo de su corazón; y se prometió darle nuevas pruebas de afecto y de pasión en todas las ocasio- nes posibles.
Tras de lo cual Flor-de-Granada llamó con una palmada á sus esclavas, y les dió orden de que pu- sieran el mantel y sirvieran los manjares, cuyo condimento fué ella misma á vigilar en la coci- na. Y las esclavas llevaron bandejas grandes cu- biertas de carnes asadas, de pasteles y de frutas; y Flor-de-Granada invitó á sus parientes á que se sentaran con ella alrededor del mantel y comieran. Pero ellos contestaron: ¡No, ¡por Alah! no lo ha- remos de ningún modo antes de que hayas ido á prevenir de nuestra llegada á tu esposo, el rey! ¡Porque hemos entrado en su morada sin su permi- so, y no nos conoce! ¡Seria una falta de educación comer en su palacio y aprovecharnos de su hospi- talidad sin saberlo él! ¡Ve, pues, à prevenirle, y dile cuán dichosos nos sentiremos al verle y com- partir con él el pan y la sal!»
Entonces Flor-de-Granada fué en busca del rey, que se mantenia escondido en la estancia contigua, y le dijo: Oh dueño mío! sin duda oirías que te