de mi ganancial El rey se echó á reir, y dijo: ¡Por mi vida, que estás en lo cierto! ¡Son ya un ejército poderoso, y tú solo no lograrías mantener- les de ninguna manera! ¿Quieres vendérmelos á cien dinares cada uno, para desembarazarte de elloa?> Abu-Sir contestó: ¡Te los vendo á ese pre- cio! Al punto el rey hizo llamar á su tesorero, que pagó integramente á Abu-Sir el precio de los cien- to cincuenta esclavos; y á su vez el rey devolvió á su antiguo amo, como regalo, cada uno de aque- lloa esclavos. Y Abu-Sir dió las gracias al rey por sus bondades, y le dijo: «¡Haga Alah que descanse tu alma como tú hiciste que descansara el alma mía, salvándome de los dientes terribles de todos esos jóvenes ghuls glotones que sólo Alah podría dejar hartos! Y el rey se echó á reir oyendo estas pala- bras, y mostróse aún más generoso con Abu-Sir; luego, seguido por los notables de su reino, salió del hammam y regresó á su palacio.
En cuanto á Abu-Sir, se pasó aquella noche en casa embutiendo el oro en sacos y precintando cada saco cuidadosamente. Y tenía para su tren de casa veinte negros, veinte mozos y cuatro esclavas jó- venes...
En este momento de su narración, Schahrazada
vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.