como se calmó, y dijo á Saleh: Ea verdad, ¡oh Saleh! que te creí siempre un hombre sensato y equilibrado, pero al presente veo cuánto me engañaba! Dime qué fué de tu buen sentido y de tu razón para que te atrevieras á hacerme una petición tan loca. Pero Saleh contestó, sin inmutarse ni perder la serenidad: ¡No lo sé! ¡Sin embargo, lo cierto es que mi sobrino el rey Sourisa-de-Luna es por lo menos tan hermoso y tan rico y de tan noble linaje como tu hija la princesa Gema! Y si la princesa Gama no nació para semejante matrimonio, ¿quieres decirme para qué nació entonces? Porque, ¿no ha dicho el sabio: «¡A la joven sólo le queda el matrimonio ó la tumba!»? ¡Por eso no se conocen solteronas entre nosotros los musulmanes! ¡Date prisa, pues, oh rey! á aprovecharte de esta ocasión para salvar de la tumba á tu hija!»
Al oír estas palabras, el rey Salamandra llegó al límite del furor, é irguiéndose sobre ambos pies, con las cejas contraídas y los ojos inyectados en sangre, gritó á Saleh: ¡Oh perro de los hombres! ¿acaso pueden tus semejantes pronunciar en público el nombre de mi hija? ¿Quién eres tú, pues, mas que un perro hijo de perro? ¿Y quién es tu sobrino Sonrisa-de-Luna? ¿Y quién es su padre? ¿Y quién es tu hermana? ¡Perros, hijos de perros todos!» Luego encaróse con sus guardias, y les gritó: «¡Ah de vosotros! ¡apoderaos de ese alcahuete y moledle los huesos!»
Al punto se precipitaron sobre Saleh los guar-