que se libraba en el palacio, la princesa Gema había huído enloquecida, con una de sus servido- ras, llamada Mirta, y atravesando las regiones marinas, habia subido à la superficie del agua, continuando en su carrera hasta que tocó en una isla desierta, donde hubo de refugiarse, ocultando- se en la copa de un árbol grande y frondoso. Y su servidora Mirta la imitó y se ocultó también en la copa de otro árbol al que habla trepado.
Pero quiso el Destino que ocurriese lo propio en el palacio de la vieja reina Langosta. En efecto, los dos esclavos que habían acompañado al princi- pe Saleh al palacio de Salamandra para llevar los sacos de regalos, en cuanto empezó la batalla apresuráronse asimismo á ponerse en salvo y á correr para anunciar el peligro à la reina Langos- ta. Y el joven rey Sonrisa-de-Luna, que hubo de interrogar á los esclavos cuando llegaron, se alar- mó mucho con aquellas noticias poco tranquiliza- doras, y se consideró como la causa principal del gran peligro que corria su tio y del trastorno pro- ducido en el Imperio submarino. Así es que, como se sentía muy tímido en presencia de su abuela Langosta, no había tenido valor para presentarse á ella después de saber el peligro en que, por cau- sa suya, se encontraba su tio el príncipe Saleh. Y aprovechose del momento en que su abuela escu- chaba la relación de los esclavos, para salir del fondo del mar y subir à la superficie, à fin de vol- ver junto á su madre Flor-de-Granada en la Ciu-