dad Blanca. Pero como ignoraba el camino que tenía que seguir, se extravió y llegó á la misma isla desierta en que se había refugiado la princesa Goma.
No bien tocó tierra, como se notaba fatigado por la carrera penosa que acababa de emprender, fué á echarse al pie del mismo árbol en que se hallaba la princesa Gema. ¡Y no sabía que el des- tino de cada hombre le acompaña por donde va, corre más de prisa que el viento y no hay remisión para aquel á quien persigue! Y no sospechaba lo que le reservaba la suerte misteriosa desde el fon- do de la eternidad.
Una vez que se hubo echado, pues, al pie del árbol, apoyó la cabeza en el brazo para dormir, y de pronto, al levantar los ojos hacia la copa del árbol, se encontró con la mirada de la princesa y con su rostro, y en un principio creyó ver la pro- pia luna entre las ramas. Y exclamó: ¡Gloria & Alah, que ha creado la luna para iluminar los cre- púsculos y aclarar la noche!» Luego, al mirar con más atención, advirtió que se trataba de una be- lleza humana, y que la tal pertenecía á una joven cual la luna...
En este momento de su narración, Schahrazada
vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.