Sonrisa-de-Luna, que la apretó contra su pecho en el límite del júbilo y la devoró á besos dados por to- das partes, mientras ella le devolvía cada caricia y cada movimiento. Y con aquel contacto delicioso, sintió Sonrisa-de-Luna que cantaban todos los pá- jaros de su alma, y exclamó: «¡Oh soberana de mi corazón! ¡oh princesa Gema tan deseada, por quien también abandoné, en verdad, mi reino, mi madre y el palacio de mis padres! ¡mi tío Saleh apenas me detalló la cuarta parte de tus encantos, siendo insospechables para mi las otras tres cuartas par- tes! ¡Y no pesó en presencia mía mas que un qui- late de los veinticuatro quilates de tu belleza, ¡oh toda de oro!> Y habiendo dicho estas palabras, si- guió cubriéndola de besos y acariciandola de mil maneras. Luego, abrasándose de deseos por delei- tarse al fin con aquella grupa de bendiciones, des- lizó su mano hacia las borlas del cordón. Y cual si quisiera ayudarle en esta operación, se levantó la joven, alejóse algunos pasos, y de repente extendió la mano rectamente en dirección á él, y escupión- dole en el rostro seco, le gritó: «Oh terrestre, aban- dona la forma humana y conviértete en un paja- rraco blanco con el pico y las patas rojos!> ¡Y al punto Sonrisa-de-Luna, en el límite de la estupefac- ción, quedó transformado en un pájaro de plumas blancas, de alas pesadas é incapaces de volar, y con pico y patas rojos! ¡Y se puso á mirar á la jo- ven con lágrimas en los ojos!
Entonces la princesa Gema llamó á su servido-