á tender sus redes de caza en la isla. Y encantado por el aspecto magnifico de aquel pájaro tan gran- de que no tenía par, y cuyo pico y patas rojos re- saltaban de manera tan bonita en la blancura del plumaje, se regocijó mucho por poder poseer seme- jante pájaro de una especie desconocida en absoluto para él. Tomó, pues, todas sus precauciones, y con diestra lentitud se acercó por detrás del animal y de pronto le echó la red encima y le capturó. Y entusiasmado con aquel hermoso ejemplar de caza, volvióse á la ciudad de donde había ido, llevando al hombro y delicadamente cogido por las patas al pajarraco.
Y al llegar á la ciudad, se dijo el pajarero: ¡Por Alah! que en mi vida he visto un pájaro pa- recido á éste, ni en mis cacerias por tierra ni por mar! Así es que me guardaré bien de vendérselo à un comprador vulgar que no se dé cuenta del precio ni del valor, y que probablemente lo mata- ría y se lo comería con su familia; pero voy á lle- várselo como regalo al rey de la ciudad, que se maravillará de su hermosura y me recompensará espléndidamente.» Y fué á palacio y se lo llevó al rey, el cual quedó en extremo encantado al verlo, y sobre todo admiró el hermoso color rojo del pico y de las patas. Y lo aceptó y dió diez dinares de oro al pajarero, que besó la tierra y se fué.
Entonces el rey mandó construir una jaula grande con enrejado de oro, y encerró en ella al hermoso pájaro. Y le puso delante granos de maiz