jeres, consagró en adelante la mañana á los baños de hombres y la tarde á los baños de mujeres. Y por la mañana se ponia él mismo detrás de la caja para cobrar, mientras que por la tarde cedió aquel cuidado á una intendente que nombró para tal car- go. Y cuando la reina entró al hammam y hubo experimentado por si misma los efectos deliciosos de aquellos baños conforme al método nuevo, que- dó tan encantada, que resolvió volver todos los viernes por la tarde, y no fué para Abu-Sir menos espléndida que el rey, que había adquirido la cos- tumbre de ir todos los viernes por la mañana, pa- gando cada vez mil dinares de oro, sin perjuicio de los regalos.
Así es que Abu-Sir iba entrando de lleno en la via de las riquezas, de los honores y de la gloria. ¡Pero no por eso se mostró menos modesto ó menos honrado, sino al contrario! Continuó, como antes, mostrándose afable, sonriente y lleno de buenos modales con sus clientes y generoso con los pobres, de los que nunca quiso aceptar dinero. Y por cierto que aquella generosidad fué su salvación, como se verá en el transcurso de esta historia. ¡Pues sépase desde ahora que le habia de llegar su salvación por conducto de un capitán marino que un dia se en- contró falto de dinero y pudo, sin embargo, tomar un baño de lo más excelente sin tener que gastar nada! ¡Y como, además, se le hizo refrescar con sorbetes y Abu-Sir en persona le acompañó hasta la puerta con todas las consideraciones posibles, el