¡Pero como soy un creyente en Alah y en su Profe- ta (¡con él la plegaria y la paz!), yo, hijo mio, no me sirvo de la magia para hacer el mal! ¡Pues el mal acaba siempre por volverse contra el malhechor!> Y he aquí que, apenas el viejo jeique había di- cho estas palabras, avanzó por su lado un magni- fico cortejo de mil jóvenes como lunas, vestidas de púrpura y de oro, que fueron á ponerse en dos filas á lo largo de la tienda para dejar paso á una joven más bella que todas, montada en un caballo árabe resplandeciente de pedrerías. Y era la propia reina Almanakh, la maga. Y se paró delante de la tien- da, echó pie á tierra, ayudada por las dos esclavas que la tenían la brida, y entró en casa del viejo jeique, & quien saludó con mucha cortesía. Luego se sentó en el diván y miró á Sonrisa-de-Luna con los ojos entornados...
En este momento de su narración, Schahrazada
vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 546. NOCHE
Ella dijo:
...Luego se sentó en el diván y miró á Sonrisa- de-Luna con los ojos entornados. ¡Y qué mirada! Larga, perforadora, ardorosa y relampagueantel Y