dinaria, que se puso él á cantar y á bailar entre todos los pájaros. ¡Y no tenía ella nada de brutal, sino al contrario! ¡Era verdaderamente tan delica- da!... Tanto, que fueron incalculables los asaltos que el gallo prodigó á la infatigable gallina! Y se dijo él: ¡Por Alah, que es infinitamente experta! ¡Y no me atropella! ¡Se toma su tiempo, y yo lo mismo! ¡Así es que, como creo imposible que la princesa Gema sea tan maravillosa como esta en- cantadora, quiero permanecer aquí toda mi vida, y no pensar más en la hija de Salamandra, ni en mis parientes, ni en mi reino!>
Y el hecho fué que permaneció allí cuarenta dias y cuarenta noches, pasando todo su tiempo con la joven maga, entre festines, bailes, cantos, caricias, movimientos, asaltos, copulaciones y otras cosas análogas, en el límite del placer y del júbilo.
Y de cuando en cuando, Almanakh le pregun- taba en broma: «¡Oh ojos mios! ¿te encuentras con- migo mejor que con tu tío en la tienda?» Y contes- taba él: ¡Por Alah! ¡oh mi señora, mi tío es un pobre vendedor de drogas, pero tú eres la propia triaca!>
Y he aquí que, estando en la cuatrigésima no- che, la maga Almanakh, tras un número infinito de asaltos con Sonrisa-de-Luna, parecía más agi- tada que de costumbre, y se echó á dormir. Pero hacia la media noche, Sonrisa-de-Luna, que fingia dormir, la vió levantarse del lecho con el rostro encendido. Y se puso ella en medio de la sala y