cogió de una bandeja de cobre un puñado de gra- nos de cebada, que arrojó al agua de la pila. Y al cabo de unos instantes germinaron los granos de cebada, y salieron del agua sus tallos, y madura- ron y se doraron sus espigas. Entonces la maga recogió los granos nuevos, los machacó en un mor- tero de mármol, los mezcló con ciertos polvos que fué sacando de diferentes cajas, é hizo con ello una pasta redonda como una torta. Luego puso el pas- tel preparado de aquella manera en la lumbre de una estufilla, y lo coció lentamente. Entonces lo retiró del fuego, lo envolvió en una servilleta y fué à ocultarlo en un armario, tras de lo cual vol- vió á acostarse en el lecho al lado de Sonrisa-de- Luna, y se durmió.
Pero por la mañana, Sonrisa-de-Luna, que des- de que entró en el palacio de la maga se había olvidado del viejo jeique Abderramán, se acordó de él á tiempo, y pensó en la necesidad de ir en su busca, para ponerle al corriente de lo que había visto hacer à Almanakh durante la noche. Y fué ú la tienda del jeique, que se alegró mucho de verle, le besó con efusión, le hizo sentarse, y le dijo: ¡Creo, hijo mío, que no habrás tenido queja de la maga Almanakh, por muy infiel que sea!» El joven contestó: ¡Por Alah, mi buen tío! me ha tratado todo este tiempo con mucha delicadeza y no me ha atropellado lo más mínimo. ¡Pero esta noche la senti levantarse, y al verla con el rostro encendi- do, fingi que dormia, y la he visto hacer cosas que