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Página:Las mil noches y una noche v12.djvu/220

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LAS MIL NOCHES Y UNA NOCHE

tiempo!» Y en tanto que el esclavo se disponía á servirme, no podía yo menos de pensar en los encantos de una joven á la que había conocido en palacio poco antes; y no sabia por qué me obse- sionaba hasta aquel punto su recuerdo, ni por qué motivo se detenía mi pensamiento sobre su rostro, con preferencia al de cualquiera de las numerosas que encantaron mis noches pasadas. Y de tal modo me entorpecía su deleitoso recuerdo, que acabé por perder la noción de la presencia del esclavo, el cual, después de poner delante de mí el mantel sobre la alfombra, permanecía de pie, con los bra- zos cruzados, sin esperar mas que una seña de mis ojos para træer las bandejas. Y poseido por mis deseos, exclamé en alta voz: ¡Ah! jai estuviera aquí la joven Sayeda, cuya voz es tan dulce, no me pondría yo tan melancólico!>

Aunque mis pensamientos eran silenciosos por lo general, recuerdo ahora que aquellas palabras las pronuncié en voz alta. Y fué extremada mi sor- presa al escuchar entonces el sonido de mi voz, mientras mi esclavo abría desmesuradamente los ојов.

Pero apenas hube manifestado mi deseo, se oyó en la puerta un golpe, como si estuviese allí al- guien que no pudiera esperar más, y suspiró una voz joven: «¿Puede el bienamado franquear la puer- ta de su amigo?»

Entonces pensé para mi ánima: ¡Sin duda es alguien que, con la oscuridad, se ha equivocado