de casa! ¿O había dado bu fruto el árbol estéril de mi desee?» Me apresuré entretanto á saltar sobre mis pies, y corrí á abrir la puerta yo mismo; y en el umbral tí á la tan deseada Sayeda, ipero de qué modo singular y con qué extraño aspecto! Estaba vestida con un traje corto de seda verde, y llevaba á la cabeza una tela de oro que no había podido resguardarla de la lluvia y del agua escurrida por las goteras de las terrazas. Además, debía haberse metido en el barro durante todo el camino, como lo atestiguaban claramente sus piernas. Y al verla en tal estado, exclamé: «¡Oh dueña mía I ¿por qué saliste en una noche como esta?» Ella me dijo con su amable voz: «¿Acaso podía no inclinarme ante el deseo que ahora mismo me transmitió tu mensa- jero? ¡Me manifestó la vivacidad de tu deseo con respecto á mí, y á pesar de este tiempo tan malo, aquí me tienes!»
Pero yo, aunque no me acordaba de haber dado una orden semejante, y por más que la hubiese dado, mi único esclavo no habría podido ejecutarla mientras estaba conmigo, no quise mostrar á mi amiga la extrañeza que todo aquello producía en mi espíritu, y le dije: «¡Loores á Alan, que per- mite nuestra reunión ¡oh dueña míal y que torna «n miel la amargura del deseo! ¡Que tu venida per- fume la casa y dé reposo al corazón del dueño de la casa! ¡En verdad que, si no hubieses venido, yo mismo habría ido á buscarte, pues pensé mucho en ti esta noche!...