me dijo: <¡Date prisa & hacerle entrar! Y le hice entrar.
Empecé primero por invitarle á sentarse delan- te de nosotros, y le convidé á comer algo. Y comió muy delicadamente con la punta de los dedos. Y cuando hubo acabado y se hubo lavado las manos, le presenté las bebidas, y bebióse tres copas llenas, y entonces me preguntó: «¿Puedes decirme en casa de quién me encuentro?» Yo contesté: «¡En casa de Ishak, hijo de Ibrahim de Mossul!» Pero mi nom- bre no le asombró con exceso; y se limitó á contes- tarme: ¡Ah! si, ya he oido hablar de ti. Y me ale- gro de encontrarme en tu casa. Yo le dije: <¡Oh mi señor, estoy verdaderamente contento de reci- birte en mi casa! Él me dijo: ¡Entonces joh Ishak! si quieres, déjame oir tu voz, que dicen que es muy hermosa! ¡Porque el huésped debe comen- zar por complacer el primero á sus invitados!> Y contesté: ¡Escucho y obedezco!» Y como aquello empezaba á divertirme mucho, cogi mi laúd y lo pulsé, cantando todo lo mejor que pude. Y cuando hube acabado el final, matizándolo en extremo, y se dispersaron los últimos sones, el viejo mendigo tuvo una sonrisa irónica, y me dijo: <En verdad, ¡ya Ishak! que te falta poco para ser un músico perfecto y un cantor consumado!» Pero al oír esta alabanza, que más bien era una censura, me senti muy empequeñecido á mis propios ojos, y tiré á un lado mi laúd, con disgusto y desaliento. Sin embargo, como no quería ser desconsiderado con