Entonces, yo, al oir este canto, no dudé ya də la supercheria del falso ciego, y rogué á mi amiga que se tapase el rostro con su velo. Y el mendigo me dijo de pronto: «Tengo muchas ganas de ori- nar! ¿Dónde podré hacerlo?> Entonces me levanté y sali un momento para ir á buscar una vela con que alumbrarle, y volvi para conducirle. Pero cuando entré, no encontré á nadie ya: ¡el ciego había desaparecido con la joven! Y cuando me re- puse de mi estupefacción, les busqué por toda la casa, pero no les encontré. Y sin embargo, las puertas y las cerraduras de las puertas estaban cerradas por dentro, así es que no supe si se habian marchado saliendo por el techo ó por el suelo en- treabierto y vuelto á cerrar! Pero después me con- venci de que era el propio Eblis quien me había servido de alcahuete antes, y me había arrebatado luego á aquella joven, que no era mas que una falsa apariencia y una ilusión.
Luego se calló Schahrazada, tras de contar esta anéc-
dota. Y exclamó el rey Schahriar, en extremo impresio-
nado: «¡Alah confunda al Maligno!» Y al ver que frun-
cía él las cejas, Schahrazada quiso calmarle, y contó la
historia siguiente: