y le hice entrar en mi casa. Y como estábamos en verano, lo había yo dispuesto en la terraza todo. Y la invité à sentarse á mi lado, y comi y bebi con ella. Y la casa en que yo me alojaba tenía vistas al mar; y á la luz de la luna estaba hermosa la te- rraza, y la noche aparecía llena de estrellas, que reflejábanse en el agua. Y mirando todo aquello, volví sobre mí mismo, y pensé para mi ánima: ¿No te da vergüenza ante Alah el Altísimo rebe- larte contra el Exaltado, copulando bajo el cielo y frente al mar, aquí mismo, en país extranjero, con esta cristiana que no es de tu raza ni de tu ley? Y aunque ya me había echado junto á la joven, que se acurrucaba amorosamente contra mí, dije en mi espiritu: «¡Señor, Dios de Exaltación y de Verdad, sé testigo de que con toda castidad me abstengo de esta cristiana hija de los francos!> Y así pensando, volví la espalda à la joven, sin po- nerla la mano encima; y me dormi bajo la grata claridad del cielo.
Llegada que fué la mañana, la joven franca se levantó sin decirme una palabra y se fué muy apesadumbrada. Y yo me volví á mi tienda, donde hube de dedicarme à vender mi lino, como de cos- tumbre. Pero hacia mediodía, acertó á pasar por delante de mi tienda la joven, acompañada de la vieja y con cara de enfado; y de nuevo la deseé con todo mi ser hasta morir. Pues ¡por Alah! era ella como la luna; y no pude resistir à la tenta- ción; y pensé, golosamente: «¿Quién eres joh felah!