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Página:Las mil noches y una noche v12.djvu/234

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LAS MIL NOCHES Y UNA NOCHE

para refrenar asi tu deseo por semejante jovenzue- Ja? ¿Acaso eres un asceta, ó un sufi, ó un eunuco, ó un castrado, ó uno de los insensibles de Bagdad ó de Persia? ¿No vienes de la raza de los potentes felaba del Alto Egipto, ó quizá tu madre se olvidó de amamantarte?» Y sin más ni más, eché à correr detrás de la vieja, y llamándola aparte, le dije: <¡Qui- siera otro encuentro!» Ella me dijo: ¡Por el Mesias, que ahora la cosa no es posible mas que mediante cien dinares!> Y en el momento conté los cien di- nares de oro y se los entregué. Y por segunda vez fué á mi casa la joven franca. Pero ante la belleza del cielo desnudo, tuve yo los mismos escrúpulos, y no me aproveché de esta nueva entrevista más que de la primera, y con toda castidad me abstuve de la jovenzuela. Y poseída de un violento despecho, ella se levantó de mi lado, salió y se marchó. Pero de nuevo al día siguiente, cuando pasaba ella por delante de mi tienda, senti en mi los mis- mos movimientos, y me palpitó el corazón, y fuí en busca de la vieja y le hablé de la cosa. Pero ella me miró con cólera, y me dijo: ¡Por el Mesias, oh musulmán! ¿es así como tratan á las vírgenes loa de tu religión? ¡Jamás podrás ya gozar de ella, menos que me des por esta vez quinientos dinares! Luego se fué.

Naturalmente, yo, todo tembloroso de emoción y sintiendo arder en mí la llama del amor, resolvi juntar el importe de todo mi lino y sacrificar por mi vida los quinientos dinares de oro. Y después de