los descreídos. Entonces, encarándose con uno de sus guardias, le dijo el sultán Saladino: <¡Conduce á este mercader à la tienda en que están reunidas las jóvenes prisioneras llegadas últimamente, y que escoja entre ellas la que más le guste, para reem- plazar los diez dinares que le debo!» Así obraba en su justicia el sultán Saladino.
El guardia me llevó, pues, à la tienda de las cautivas francas, y al pasar por entre aquellas jó- venes, reconocí, precisamente en la primera con quien se tropezó mi mirada, à la joven franca de quien estuve tan enamorado en Acre. Y entonces era la esposa de un jefe de caballería de los fran. cos. Y he aquí que al reconocerla, la rodeé con mis brazos para posesionarme de ella, y dije: <¡Quiero ésta!> Y la cogi, y me marché.
Llevándomela á mi tienda à la sazón, le dije: <¡Oh jovenzuela! ¿no me reconoces?» Ella me con- testó: ¡No, no te reconozco!» Yo le dije: ¡Soy tu amigo, el mismo á cuya casa fuiste en Acre por dos veces, merced à la vieja, á la que una vez hubo de dar cincuenta dinares y cien dinares la otra vez, absteniéndose de ti con toda castidad y deján- dote partir, muy pesarosa, de su casa! ¡Y el mismo que quería tenerte en su poder una tercera noche por quinientos dinares, cuando ahora el sultán te cede à él por diez dinares!> Ella bajó la cabeza, y levantándola de pronto, dijo: ¡Lo pasado será, para en lo sucesivo, un misterio de la fe islámica, pues yo alzo el dedo y atestiguo que no hay más