PERO CUANDO LLEGÓ LA 499.ª NOCHE
Ella dijo:
>...¡Ensaya esa droga en los pelos de abajo de mi gran visir!> Y Abu-Sir cogió el tarro de barro, sacó de él un pedazo como una almendra de la pasta consabida, y lo extendió, sólo por vía de en- sayo, sobre el bajo vientre del gran visir. Y fué tan prodigioso el efecto depilatorio de la droga, que ya no dudó el rey de que se trataba de un ve- neno terrible. Y temblando de ira ante aquel espec- táculo, se encaró con los mozos del hammam, y les grító: ¡Datened á ese miserable!> y les señaló con el dedo á Abu-Sir, á quien la sorpresa dejó mudo y como atontado. Luego el rey y el visir se vistie- ron á toda prisa, hicieron entrega de Abu-Sir á los guardias de afuera y regresaron á palacio.
Allá el rey hizo llamar al capitán del puerto y de los navios, y le dijo: Vas à apoderarte del traidor que se llama Abu-Sir, y cogiendo un saco lleno de cal viva, en el cual le meterás, lo arroja- rás al mar bajo las ventanas de mi palacio. ¡Y de tal manera ese miserable morirá de dos muertes á la vez, ahogado y abrasado!» El capitán contestó: ¡Escucho y obedezco!»
Y he aquí que el capitán del puerto y de los