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Página:Las mil noches y una noche v12.djvu/43

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ANÉCDOTAS MORALES DEL JARDÍN...

antemano acerca de las peticiones que debo hacer, porque estimo bueno tu consejo, y con frecuencia fueron provechosas para mi tus opiniones. ¡Inspira- me, pues, sobre los deseos que he de formular!» La esposa contestó: ¡Oh hombre! ¿á cuántos deseos tie- nes derecho?, Él dijo: <1A tres!> Ella dijo: Ya pue- des, entonces, exponer á Alah el primero de los tres deseos. Bien sabes que la perfección del hombre y sus delicias residen en su virilidad y que el hombre no puede ser perfecto siendo casto, eunuco ó impo- tente. Por consiguiente, cuanto más considerable sea el zib del hombre, mayor será su virilidad y tendrá más probabilidades de encaminarse por la vía de la perfección. Prostérnate, pues, humilde- mente ante la faz del Altísimo, y di: «¡Oh Bienhe- chor! ¡oh Generoso! haz que engorde mi zib hasta la magnificencia!>

Apenas hubo formulado tal deseo, se sintió atendido con exceso en aquella hora y aquel ins- tante. Porque al punto vió el santo hombre que se le inflaba el zib y se le ponía magnífico, hasta el extremo de que se le hubiera tomado por un calaba- cino descansando entre dos calabazas gordas. Y era tan considerable el peso de todo aquello, que obligaba á su propietario à sentarse cuando se le- vantaba y á levantarse cuando se acostaba.

Así es que la esposa se aterró tanto al ver aquello, que hubo de emprender la fuga cuantas veces la llamó para hacer pruebas el santo hombre. Y exclamaba: ¿Cómo quieres que me preste à