ninguna prueba con esa herramienta cuyo solo im- pulso es capaz de perforar rocas de parte à parte?> Y el pobre hombre acabó por decirle: ¡Oh mujer execrable! ¿qué debo hacer con esto ahora? Tú tienes la culpa, ¡oh maldita!> Ella contestó: <¡El nombre de Alah sobre mí y alrededor de mi! Reza por el Profeta, ¡oh anciano de ojos vacios! ¡Pues por Alah, que no tengo necesidad de todo eso, ni tamu- poco te dije que pidieras tanto! ¡Ruega, pues, al cielo que te lo disminuya! ¡Ese ha de ser tu segun- do deseo!>
El santo hombre alzó entonces los ojos al cielo, y dijo: ¡Oh Alah! te suplico que me libres de esta embarazosa mercancía y me evites la molestia que me proporciona!» Y al punto se quedó liso el vien- tre de aquel hombre, sin más señal de zib y de companiones que si fuese una joven impúber.
Pero no le satisfizo aquella desaparición com- pleta, ni tampoco á au esposa, que empezó á diri- girle invectivas y à reprocharle que la hubiera privado para siempre de lo que la correspondía. Así es que llegó al extremo la pena del santo hom- bre, y dijo & su esposa: <Tú tienes la culpa de todo esto, obra de tus consejos insensatos! ¡Oh mujer falta de juicio! yo tenía derecho à formular tres deseos ante Alah, y podía escoger à mi sabor lo que mejor me pareciera de los bienes de este mundo y del otro. Y he aquí que ya me fueron concedidos dos de mis deseos y estamos como si no hubiera pasado nada. ¡Y me encuentro peor que